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jueves, 23 de diciembre de 2010

Especialistas recomiendan comer nueces en las navidades les ayudarían a quemar grasas

La típica fruta se come junto con otros frutos secos y hasta se encuentra en el pan dulce.

Si bien el exceso no es bueno, los especialistas afirman que “un puñado” de nueces puede ayudar al organismo a evitar algunas de las características del síndrome metabólico.

Las nueces tienen sustancias antioxidantes y antiinflamatorias, por lo que contribuyen a prevenir la acumulación de colesterol y la formación de tapones en las arterias.

Entonces, comer un puñado de nueces ayuda a controlar el colesterol y los triglicéridos pero además brinda saciedad, algo fundamental teniendo en cuenta que las nueces son un clásico de la mesa navideña.

Sin embargo, lo ideal es combinar estos alimentos con otros saludables como las verduras, las frutas y el pescado, y consecuentemente, evitar su asociación con aquellos ricos en grasas.

“Llevar adelante una dieta rica en alimentos antioxidantes es beneficioso ya que éstos tienden a estabilizar el organismo, más aún cuando se combinan de manera armoniosa y se consume de todo: fibra, semillas, frutos secos, frutas, verduras, lácteos, etc.”, expuso el doctor Lisandro García, médico nutricionista del Hospital Español.

Sin embargo, es sabido que durante la época de fiestas se producen desajustes en la dieta.

Por eso es necesario tener un límite. En este sentido, al ser consultada la doctora Rosa Labanca, médica nutricionista y directiva de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos de la Alimentación (Saota) remarcó que más allá de las particularidades y los beneficios que otorgan las nueces, es importante equilibrar la ingesta.

“Lo ideal sería comer sólo dos unidades de cada fruta. Dado que las opciones son múltiples, la idea es que podamos comer un poco de todo: nueces pero también garrapiñadas y otras”.

“En total -agregó Labanca- la cantidad ingerida no debería exceder las 250 ó 300 calorías. O sea 10 unidades de frutas secas“.

En la mesa dulce, “no hay necesidad de que haya mucha variedad, especialmente de turrones dado que con uno es suficiente. Además los frutos secos o las frutas disecadas tienen mucha menos cantidad de grasa que los turrones, con lo cual engordan menos”.

“El secreto -finalizó Labanca- está en comprar poco para no tentarse y mezclar todo. Combinar y cortar lo que haya en pedazos chicos.

El maridaje de los frutos secos con damascos, frutillas o cerezas, también puede resultar altamente beneficioso. ¿Otro secreto?, el pan dulce siempre debe estar cortado en rodajas pequeñas”.

¿Por qué el calor nos pone de mal humor?


Las altas temperaturas no sólo traen aparejadas la deshidratación y el cansancio.

El malestar anímico y la angustia son otros de sus efectos. Un especialista explicó la causa.

Los fenómenos climáticos extremos tales como el aumento continuado de la temperatura influyen de manera general a todas las personas y nos remiten a contactarnos con nuestras limitaciones como seres vivos.

Recordemos que la vida y sobre todo la vida humana sólo es posible en las condiciones ambientales y de temperatura sumamente acotadas que se dan específicamente en nuestro planeta y en ningún otro lugar hasta ahora conocido.

Cuando nos exponemos a la alta temperatura quienes no estamos acostumbrados, además de los efectos físicos y biológicos que ya todos conocemos tales como deshidratación, falta de fuerza, pesadez, agobio, etcétera, entran también en juego mecanismos psicológicos.

Desde las estructuras más antiguas de nuestro psiquismo el calor extremo es vivido como una situación de alarma y una amenaza a nuestra integridad, algo semejante en menor grado a la asfixia; casualmente ese sentimiento de alarma es ni más ni menos lo que en la Psicología se denomina como angustia.

Algunos seres vivos, como los reptiles, no poseen la cualidad de regular su propia temperatura. Se denominan poiquilotermos, ya que deben pasar el día buscando lugares más calidos o más frescos con el peligro de perder su equilibrio vital.

En cambio, los mamíferos, entre ellos el hombre, poseen la cualidad de regular la temperatura de manera automática. Somos homeotermos, la regulamos por un interjuego de factores ligados a la propia fisiología tales como la frecuencia cardiaca y la dilatación o constricción de los vasos periféricos, entre otros.

Los cambios bruscos de temperatura se registran entonces en el hombre como situaciones de alarma (tal vez en alguna época de su evolución puedan haber sido situaciones ciertamente graves), a la vez generadoras de angustia.

Esta angustia frente a los cambiosclimáticos bruscos producirá a la vez la puesta en marcha de los mecanismos de defensas más regresivos, tales como sensaciones de incomodidad, de aversión, aumento de los aspectos agresivos y del estado de alerta.

Este último incidirá, a la vez, de manera directa en la posibilidad de descansar adecuadamente.

Se suma además la respuesta a la angustia propia de cada individuo teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, uno hace lo que puede con su angustia, o al menos hace lo que en otras oportunidades le resultó efectivo.

Algunos hasta llegarán a vivir con agrado el calor o los cambios extremos de temperatura al estar asociados con situaciones anteriores placenteras. Siempre esta el que dice: “¡A mí el calor es lo que más me gusta!”

El calor extremo produce alteraciones directas en la capacidad de descanso por factores físicos y biológicos, al actuar sobre los mecanismos metabólicos.

Influye de manera directa sobre la función enzimática, haciendo más lentos algunos procesos tales como la digestión y acelerando otros como la transpiración.

El aumento de la transpiración se da de narices con el buen descanso, ya que hace necesaria la hidratación, que requerirá de la ingesta de líquidos a cada rato interrumpiendo el sueño.

Se suman a estos aspectos biológicos los psicológicos ligados a la angustia que mencionamos, siendo ésta uno de los peores enemigos del sueño.

La preparación de las personas frente a los cambios bruscos del tiempo, si bien es propia para cada individuo, está ligada a aspectos culturales del clima regional.

El calor en las provincias del norte de la República Argentina que poseen características subtropicales es vivido con menos angustia y con costumbres que muestran un acercamiento “inteligente” al fenómeno climático.

Un ejemplo claro es el ligado a los horarios laborales, bancarios y de actividad económica.

En estas provincias se adecuan a los horarios más frescos las actividades comercial y financiera, las cuales comienzan a muy temprana hora de la mañana, terminan antes del mediodía y continúan a última hora de la tarde.

Esta adecuación expone menos a las personas al tedio de las altas temperaturas, conservando a la vez un estado de ánimo más jovial y menos ligado a la alarma.

En nuestra capital y la provincia de Buenos Aires, en cambio, los tan alabados cuatro climas exponen a los porteños y bonaerenses a una especie de “inocencia climática” desde la cual todo nos toma por sorpresa.

Año a año, son inevitables nuestros comentarios: “¡Qué calor!”, “¡Parece mentira!” La cultura climática porteña consiste en un sentimiento azorado de estar frente a un hecho insólito e inesperado… que haga calor.

Desde este lugar pensamos el clima, desde una concepción cultural en la que todo lo que climáticamente pasa nos toma por sorpresa dejándonos sin defensa alguna frente a un hecho siempre inesperado: el calor.

El calor nos toma por sorpresa y sin preparativo alguno. Nos exigimos seguir con nuestras actividades como si nada hubiera ocurrido. Desde una perspectiva psicológica, podemos pensar que lo negamos.

Si intentamos entonces desde esta posición seguir adelante con la vida como si nada, nuestra omnipotencia se echara por tierra y caeremos en la mencionada angustia.

No podemos exigirnos ni exigirle a los demás las mismas tareas y obligaciones que en otras condiciones, no podemos vestirnos como en otras condiciones climáticas.

Frente al calor es necesaria la comprensión de cada uno y de los demás en términos de lo que se exige y de lo que se necesita.

Necesitamos de mayores cuidados, tomar con conciencia la importancia de hidratarnos, y ordenar nuestras actividades en lo posible en los horarios más benignos del día.

También pensar a conciencia nuestros momentos de esparcimiento, sabiendo que aquellas salidas que en invierno o primavera pueden ser placenteras, en verano pueden ser un verdadero infierno.

Además, hay que tener muy en cuenta que el calor existe también para aquellas personas que están a nuestro cargo, como los ancianos, los niños, y que estos necesitan especiales cuidados en su indumentaria, su hidratación y sus actividades, sin exponerlos innecesariamente al transporte público o a situaciones innecesarias de espera.

Postergar en lo posible los viajes y movimientos que no sean estrictamente necesarios, sobre todo en el ámbito de la ciudad.

Estar atentos a nuestra alimentación, no caer en excesos siendo que el calor endentece el proceso digestivo. Si hace calor, el alcohol en algún momento podrá atenuar la angustia, pero se desaconseja de plano su ingesta.

No es momento para el asado, las grasas y las comilonas; sí lo es para las frutas, los vegetas y, sobre todo, para el agua.

Pero, como siempre, en las cuestiones de salud la mejor solución es la prevención, es decir, sepamos que en el centro y norte de nuestra querida Argentina durante el verano siempre hubo y hay períodos de intenso calor.

Basados en su ejemplo, adecuemos nuestra existencia a esa realidad, tengamos al calor en cuenta y permitámonos vivir en él sin “inocencia climática”. Fuente: Saludable

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